¿EN QUÉ DEL CURSO?: EVALUACIÓN
1. EVALUACIÓN POR COMPETENCIAS EN EL PROCESO DE FORMACIÓN INTEGRAL
2. LA EVALUACIÓN DEL PROCESO DOCENTE EDUCATIVO COMO PROCESO
PARTICIPATIVO, NO DIRECTIVO
RESUMEN DE CLASE:
LA
EVALUACIÓN POR COMPETENCIAS
Para abordar la evaluación por
competencias, hacemos referencia a un doble marco: la concepción de evaluación
y la concepción de competencia. En primer lugar, respecto a la evaluación en la
educación superior, tomamos como puntos de partida las siguientes
consideraciones:
·
La evaluación se halla en la “encrucijada” didáctica,
en el sentido de que es efecto pero a la vez es causa de los aprendizajes. En
palabras de Miller, la evaluación orienta el currículum y puede, por lo tanto,
generar un verdadero cambio en los procesos de aprendizaje. Barberá (1999),
Allen (2000), McDonald et al. (2000) Dochy et al. (2002) o Bain (2006) nos han
ayudado a entender que la evaluación no puede limitarse a la calificación (sino
que ésta es un subconjunto de la evaluación); no puede centrarse en el recuerdo
y la repetición de información (sino que se deben de evaluar habilidades
cognitivas de orden superior) y que no puede limitarse a pruebas de “lápiz y
papel”, sino que se requieren instrumentos complejos y variados.
· La evaluación debe de constituir una oportunidad de
aprendizaje y utilizarse no para adivinar o seleccionar a quien posee ciertas
competencias, sino para promoverlas en todos los estudiantes. Esta dimensión
formativa formulada por Scriven ha sido abordada ampliamente en los últimos
años por Hall y Burke (2003) y Kaftan et al. (2006).
·
La evaluación por competencias nos obliga a utilizar
una diversidad de instrumentos y a implicar a diferentes agentes. Tenemos que
tomar muestras de las ejecuciones de los alumnos y utilizar la observación como
estrategia de recogida de información sistemática. Ésta puede acompañarse de
registros cerrados (check-list, escalas, rúbricas) o de registros abiertos, y
puede hacerse por parte del docente, por parte de los compañeros o por parte
del propio estudiante (o por todos ellos, en un modelo de evaluación de 360º),
pero en cualquier caso debe proporcionar información sobre la progresión en el
desarrollo de la competencia y sugerir caminos de mejora. En este sentido,
autores como McDonald et al (2000), Stephen y Smith (2003), Scallon (2004),
Gerard (2005), Laurier (2005), De Ketele (2006) o Gerard y Bief (2008) han
realizado un análisis de lo que son los diseños por competencias y de lo que
implica la evaluación por competencias.
· La evaluación ha de ser coherente con el resto de
elementos del diseño formativo, ha de hallarse integrada en el mismo. Por ello
las experiencias metodológicas más coherentes con los diseños por competencias,
como son las simulaciones, los proyectos, etc.… llevan asociadas actividades
evaluativas muy relevantes para la evaluación por competencias. Los trabajos de
Segers y Dochy (2001) o de Gijbels et al. (2005) han resultado muy ilustrativos
en este punto.
· La evaluación ha de hacer más conscientes a los
estudiantes de cuál es su nivel de competencias, de cómo resuelven las tareas y
de qué puntos fuertes deben potenciar y qué puntos débiles deben corregir para
enfrentarse a situaciones de aprendizaje futuras. Este proceso de
autorregulación, tratado, entre otros, por Boekaerts, Pintrich y Zeidner (2000)
va a ser esencial para seguir aprendiendo a lo largo de toda la vida (Life Long
Learning) y, constituye en sí mismo, una competencia clave.
En segundo lugar, respecto a lo que
entendemos por competencia, de las múltiples definiciones aportadas podemos
extraer los elementos más reiterativos. Una competencia implica:
· Integrar conocimientos: ser competente supone no sólo
disponer de un acervo de conocimientos, habilidades, capacidades, actitudes, …
sino saberlos seleccionar y combinar de forma pertinente.
· Realizar ejecuciones: ser competente va ligado al
desempeño, a la ejecución; es indisociable de la práctica.
· Actuar de forma contextual: no se es competente “en
abstracto” sino en un contexto (espacio, momento, circunstancias) concreto. Se
trata, pues, de analizar cada situación para seleccionar qué combinación de conocimientos
necesito emplear (desestimando otras posibilidades que no resulten
pertinentes).
· Aprender constantemente: la competencia se adquiere de
forma recurrente, con formación inicial, permanente y/o experiencia en el
trabajo (o fuera de él). Por ello se halla en progresión constante.
· Actuar de forma autónoma, con “profesionalidad”,
haciéndose responsable de las decisiones que se tomen y adquiriendo un rol
activo en la promoción de las propias competencias. Si nos preguntamos por las
consecuencias que los diseños por competencias tienen sobre los procesos de
enseñanza-aprendizaje y, especialmente, sobre los procesos de evaluación,
podemos sintetizar estas implicaciones en la tabla siguiente:
El concepto competencias
implica…
|
Consecuencias para la e-a
y la evaluación
|
Posibles instrumentos
|
1. INTEGRAR
conocimientos, habilidades y actitudes
|
Oportunidades
de exhibir esta integración
|
Proyecto final
Práctica
|
2. Realizar
EJECUCIONES
|
Evaluar
ejecuciones (performance-based assessment)
|
Tablas de observación (check-list, escalas,…)
|
3. Actuar de
forma CONTEXTUAL
|
Evaluar el conocimiento de cuándo y cómo aplicar los conocimientos
disponibles
|
Simulaciones
|
4.
Entenderlo de forma DINÁMICA (no “se es” o “no se es”)
|
Evaluar el desarrollo
|
Rúbricas
Evaluación a
lo largo del tiempo
|
5. Actuar
con AUTONOMÍA, corresponsabilizándose del aprendizaje
|
Evaluar la capacidad de autorreflexión
|
Portafolios
Mecanismos
autorregulación
|
Veamos estas implicaciones de modo
separado:
1. La
integración de conocimientos puede hacerse de modo especialmente interesante en
los proyectos finales o en las experiencias de prácticas externas (de
titulación). Las prácticas constituye un escenario privilegiado para que el
alumnado integre y aplique conocimientos (Tejada, 2005), aunque debemos estar
atentos para que no suponga la reproducción de roles estereotipados y
mecánicos, como alerta Pérez Gómez (2007). En este marco se pueden aplicar
modelos de evaluación de 360 grados, donde se combina la autoevaluación con la
evaluación del supervisor, del tutor, de los compañeros e incluso, si procede
de los usuarios que reciben las consecuencias de la actuación del estudiante en
prácticas. Sin embargo, tampoco podemos “dejar recaer” la evaluación de
competencias en esos marcos puesto que si ésta resultase no ser satisfactoria,
¿qué medidas deberían tomarse para garantizar que ese alumno las adquiera? Al
ser períodos de final de estudios no nos deja margen para la evaluación
formativa a lo largo del ciclo.
2. Las
ejecuciones deberán evaluarse, en su proceso y como producto. Por ello la
observación, acompañada tanto de registros cerrados (listas de control, escalas
de valoración, rúbricas) como de registros abiertos (diarios, registros
anecdóticos, registros observacionales sistemáticos) (Padilla, 2002), puede ser
una estrategia de recogida de información indispensable para la evaluación de
ciertas competencias. Es decir:
La mejor
forma de evaluar competencias es poner al estudiante ante una tarea compleja,
para ver cómo consigue comprenderla y conseguir resolverla movilizando
conocimientos. Los instrumentos de evaluación empleados no pueden limitarse a
pruebas para ver el grado de dominio de contenidos u objetivos sino proponer
unas situaciones complejas, pertenecientes a la familia de situaciones definida
por la competencia, que necesitará por parte del alumno, asimismo, una producción
compleja para resolver la situación, puesto que necesita conocimiento,
actitudes, pensamiento metacognitivo y estratégico (Bolívar, 2008, 184).
3. El hecho de
que la competencia sea contextual, implica que se promuevan resoluciones en
diversos contextos (Villardón, 2006). Las empresas simuladas, las simulaciones
con la ayuda de la tecnología (e incluso, en algunos casos, con la ayuda de
actores), la resolución de casos, el aprendizaje por resolución de problemas…
pueden ubicarnos en escenarios diferentes y ayudarnos a proyectar nuestros
conocimientos y a mostrar, en consecuencia, nuestro grado de competencia.
4. La
competencia está en constante evolución, se actualiza constantemente. Lo que
importa es, pues, progresar en su desarrollo. Habrá personas que, por su
capacidad innata o por su experiencia laboral o personal ya posean ciertas
competencias en mayor grado. Quizá un reto que tengamos las universidades sea
el de acreditar las competencias adquiridas por vías no académicas, como ya
sucede en otros países. Por ello las evaluaciones diagnósticas toman gran
importancia en la evaluación por competencias. Hasta el momento quizá hayamos
practicado poco la evaluación diagnóstica y, si lo hemos hecho, probablemente
hayamos intentado averiguar los conocimientos previos del alumnado y/o sus
expectativas sobre la materia. Como la evaluación de competencias es difícil
que pueda evaluarse únicamente con pruebas escritas (requeriría observación,
toma de muestras de ejecuciones del alumnado,…), quizá la evaluación
diagnóstica deba hacerse, sobre todo, a través de procesos de autoevaluación
(Brown y Glasner, 2003).
5. La
competencia requiere actuar con criterio, revisando los procesos a cada paso y
mejorando constantemente nuestro trabajo. A lo largo de la vida necesitaremos
aprender (y desaprender) constantemente. Para ello, por una parte,
necesitaremos la capacidad de gestionar la información (competencia que
interacciona muy directamente con la competencia digital). Gestionar la
información pasa por reconocer que necesitamos dicha información, por disponer
de estrategias para localizarla, por extraerla, por organizarla y evaluarla. No
es una mera capacidad instrumental, es “tener criterio” para, según la
finalidad y el contexto, aplicar los conocimientos para buscar y aplicar la
información que deseamos. Pero más allá de la información, aprender a aprender
es la capacidad para proseguir y persistir en el aprendizaje, organizar el propio
aprendizaje, lo que conlleva realizar un control eficaz del tiempo y la
información, individual y grupalmente. Esta competencia incluye la conciencia
de las necesidades y procesos del propio aprendizaje, la identificación de las
oportunidades disponibles, la habilidad para superar los obstáculos con el fin
de aprender con éxito. Incluye obtener, procesar y asimilar nuevos
conocimientos y habilidades así como la búsqueda y utilización de una guía
(Martín y Moreno, 2007). Esta capacidad de autorregulación del propio proceso
de aprendizaje, tratada sobradamente por Boekaerts et al. (2000), nos lleva a
reflexionar cuál puede ser nuestro rol como profesores, que podemos desagregar en
dos tareas principalmente:
· Por una parte, tendremos que articular mecanismos de
feed-back valioso (Nicol y MacFarnale-Dick, 2006) que ayude a nuestros alumnos
a aprender.
· Por otra parte, tendremos que establecer mecanismos y
estrategias que ayuden al alumnado a este proceso de tomar conciencia de qué
aprende y cómo lo hace. Establecer procesos de autoevaluación, de evaluación
entre iguales (López, 2007), narrar sus principales aprendizajes, llevar un
diario, tener que verbalizar sus principales dificultades, levantar actas de
las sesiones de trabajo, trabajar con cuestionarios KPSI y retomarlos al final
de cada unidad didáctica, establecer relaciones entre las actividades y los
objetivos de la asignatura, o elaborar portafolios (Giné, 2007) pueden ser
algunas propuestas que mejoren esta capacidad de autorregulación.
Fuente: Cano, Ma. Elena. (2008). La Evaluación por Competencias en la Educación Superior. Recuperado de https://www.ugr.es/~recfpro/rev123COL1.pdf
Fuente: Cano, Ma. Elena. (2008). La Evaluación por Competencias en la Educación Superior. Recuperado de https://www.ugr.es/~recfpro/rev123COL1.pdf
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